Obra maestra, pura Literatura!
Antes de terminar de leer este libro puedo decir que es una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. Y este año he leído algunas muy buenas novelas, pero esta está tan bien escrita, el estilo es tan rico y la narración fluye de una manera tan precisa y magistral que si por algo quiero acabar es para volver a empezar.
Y eso que mi lista de lecturas lleva cierto atraso...
No conocía nada de este premio nóbel de literatura antes de encontrar este título en una de esas listas de las 100 novelas que hay que leer, y decidí incluirla en mi cuaderno de lecturas pendientes. Y como está en la A, pues le ha llegado el turno en las primeras páginas de este cuaderno.
Tal vez lo que más sorprende de esta obra sea la mirada, el foco. Es imposible contar la historia de un puente sin narrar, aunque solamente sea de manera tangencial, las aventuras y desventuras de las gentes que lo construyeron, que lo mantuvieron en pie y que parcialmente lo destruyeron. Y es en este juego narrativo donde la obra adquiere las características de obra maestra. El narrador mantiene durante toda la novela la vista fija en el puente, es el gran protagonista, como el lomo del libro al que todas las páginas van unidas. Vamos pasando las décadas y los siglos a medida pasamos las páginas, y el puente continúa en el centro de la narración. El narrador se sitúa a una distancia que permite acercarnos no solamente al puente, sino a la ciudad que con el paso de los años se va formando a su alrededor. De vez en cuando se permite profundizar en las vidas y hazañas de algunas personas, o grupos de personas, pues de una novela en la que el protagonista principal es un puente no podemos esperar más que protagonistas inusuales. Una hostelera, un comerciante, un arquitecto... pero también un grupo de soldados, estudiantes que pretenden hacer la revolución o los altos representantes del poder que pretende ejercerse a muchos kilómetros de distancia.
Si, sin duda uno de los geniales aciertos de Ivo Andric sea conseguir un punto de vista único y muy original. Como un historiador va desgranando, a través de la historia de un puente, la historia de todo un territorio que durante siglos ha sido un ir y venir de distintos pueblos y culturas, de muy diferentes maneras de entender la vida social y las relaciones entre las personas. Surge aquí la eterna dualidad entre el individuo y lo colectivo, entre el héroe único enfrentándose a los peligros y sinsabores de la vida y la narración de las pequeñas historias de personas anónimas que se convierten en reales en las páginas de las grandes obras de la literatura.
No hay, en Un puente sobre el Drina, un único personaje central y sin embargo, a medida que avanzamos en la lectura tenemos la sensación de que acompañamos a varias generaciones a través de sus periplos vitales. Del mismo modo que el puente ha asistido, durante siglos, a la vida y la muerte de sus vecinos nosotros acabaremos la novela con la sensación de haber estado allí.
Tal vez sea este punto de vista tan original el que hace de esta novela una gran obra maestra. A medida que avanza la narración nos descubrimos como observadores privilegiados en medio del puente. De algún modo, consigue que el lector se convierta en el protagonista, en el testigo atemporal e inmutable del paso del tiempo en forma de rio.